Mira a Cristo crucificado, como estaba en el Calvario... Así está en la Hostia consagrada... Pídele agradecimiento por este beneficio, que nos recuerda el de la Redención.
Considera cómo deseando nuestro Redentor que en su Iglesia hubiera perpetua memoria de su Pasión y Muerte, y el soberano beneficio que nos hizo en ella, instituyó este Sagrado Banquete.
Sobre esta verdad de nuestra fe se han de considerar primeramente las causas porque quiso Cristo que, habiendo sido su Pasión y Muerte afrentosa y dolorosa, la señal y memoria de ella, fuera un convite lleno de dulzura y suavidad... Pues parece que sería mejor que la señal y memoria fuera algún sacramento en que derramáramos nuestra sangre o comiéramos alguna cosa amarga... Nada de esto quiso, sino que la memoria fuera en especies de Pan y Vino... Las causas principales fueron cuatro, todas llenas de suavidad.
La primera, para descubrirnos su infinita bondad, caridad y amor que nos tiene como Padre, escogiendo para Sí las cosas penosas y dando a nosotros las suaves en memoria de sus penas y para aplicarnos el fruto y provecho que se nos sigue de ellas... Porque es propio de los padres tomar para sí lo trabajoso y dar a sus hijos lo suave... Y este espíritu quiere que tengamos todos sus hijos para con nuestros hermanos y prójimos.
La segunda, para que por aquí viéramos el gusto con que padeció los trabajos de su Pasión en cuanto era beneficio nuestro, y así quiere que su memoria sea en cosa de gusto y banquete de regocijo para que con más gusto nos acordemos de ella y se la agradezcamos... De suerte que, como el día de su Pasión fué para Él día de desposorio con la Iglesia, así la memoria ha de ser convite de regocijo, como se acostumbra en las bodas.
La tercera, para que viéramos la suavidad de su ley, de la cual había dicho que era carga ligera y yugo suave.
La cuarta, para obligarnos con esto a que nosotros imitemos las cosas amargas y afrentosas de su Pasión, pues cuando Él se mostró más liberal en querer que su memoria fuera convite lleno de tanta suavidad, tanto más nos obliga a que, a ley de agradecidos, nos acordemos de ella con cosas llenas de amargura, abrazando la penitencia , la humillación y todo lo que es conforme a Cristo crucificado y despreciado.
ORACIÓN
¡Oh Jesús, amado de mi corazón!
¿Qué haré yo por Tí en recompensa
de tan soberano beneficio y del amor
tan excesivo que en él me muestras?
Si te miro como Padre eres amorosísimo...
Si como Redentor, eres dulcísimo...
Si como Legislador, eres suavísimo...
Por todas partes me coronas con misericordia y con innumerables
obras que proceden de ella...
Deseo por tu amor,
coronarme con infinidad
de espinas, pagando con trabajos
tus tormentos,
llenos de abundantes misericordias.
PROPÓSITO
Busca siempre y en todo el último lugar... Que si eres humilde, verás que ese es el que te pertenece por derecho propio.
.©2006 AEM
