El primero, es deshacer Dios con su palabra, la unión natural que tenían los accidentes con su sustancia, destruyendo la sustancia y conservando los accidentes... De modo que aunque percibo con los sentidos color, sabor y olor de pan y vino, realmente no está allí la sustancia del vino ni del pan, sino la Carne y Sangre de Jesucristo, en quién milagrosamente se convirtió.
El segundo milagro, es convertirse una sustancia tan pequeña de pan y vino en un Cuerpo tan perfecto como el de Cristo... De modo que debajo de los accidentes que permanecen, está todo con la entereza y la gloria que tiene en el cielo... Allí está su sacratísima cabeza, con aquellos divinos ojos que roban el corazón y con su vista destruyen todo mal... Allí están sus benditísimos pies y manos, con las señales de las llagas que le hicieron los clavos, y el costado, con la llaga que hizo la lanza y el Corazón ardiendo con el fuego del amor, que le movió a recibirlas... Y todo el Cuerpo con las dotes de la claridad y hermosura que excede a la del sol, la luna y las estrellas.
El tercer milagro estupendo, es estar todo el Cuerpo en el Sacramento como de espíritu, indivisiblemente... De suerte que todo Él está en toda la Hostia y todo en cada parte de ella... De todo esto resulta que, aunque la Hostia se divida, Cristo no se divide, sino Él entero, queda en cada parte de ella... Y de aquí se comprende, que la vida que vive Cristo en el Sacramento, no es vida de carne, sino como vida de espíritu... Porque allí, aunque tiene pies, no anda y aunque tiene manos, no palpa y aunque tiene lengua, no habla... Solamente usa de las potencias espirituales, propias del espíritu.
El cuarto milagro es, que estando Cristo Nuestro Señor en el cielo ocupando el lugar que su soberana grandeza merece, sin dejar de estar allí, baja el Sacramento y juntamente está en diferentes partes del mundo, dondequiera que sea consagrado, sin exceptuar lugar alguno... Y con tanta vigilancia atiende a la consagración de cualquier sacerdote que esté diciendo... “ESTE ES MI CUERPO”... En el mismo instante, da valor a las palabras y hace todos los milagros que quedan referidos.
ORACIÓN
¡Alma mía!...
Si pretendes la perfección,
abrázate con tu Divino Señor Sacramentado
y con Él la hallarás
sin mezcla de imperfección...
Si deseas hermosura,
mira y contempla el
Santísimo Sacramento,
en quien resplandece en grado sumo,
sin mezcla de malicia...
¡Jesús mío y todas mis cosas,
cuánto deseo verte claramente
sin los velos eucarísticos,
para adorarte siempre,
por toda la eternidad!
PROPÓSITO
Procura que todo a tu alrededor te hable de Dios, hasta que consigas verlo todo en Dios y a Dios en todas partes.
.©2006 AEM
