.: Exceso del amor de Jesús :.

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Cultura Cristiana

La Salvación de mi Alma

¡Que fuerza necestio para sobreponerme a tantos obstáculos!... ¡Dio sme la dará, si se la pido humildemente!

¡Vivir bien, para salvarse!

La salvación de mi alma es el tesoro más precioso que tengo... Es la perla de la parábola que he descubierto y que debo adquirir a como dé lugar.

Pero este tesoro tan precioso, está ahora en un vaso quebradizo que debo cuidar -MI CUERPO- de todo aquello que pueda hacerlo quebrar... Tan precioso es, que vale la Sangre derramada por Cristo.

Únicamente tengo un alma y si la pierdo, lo pierdo todo... No importa el ser sabio o ignorante, ni sano, ni enfermo, ni vivir mucho o poco, ni tener honores, ni dinero... Lo importante y que está a mi alcance, es vivir en gracia de Dios todos los días de mi vida, PARA SALVARME... ¡Esto es lo importante!

Y para lograr esto... Qué poco deseo, esfuerzo y energía pongo... ¿Estoy ciego?... ¡Qué temerario me he vuelto!... Los condenados en el infierno, reconocen ahora, bastante tarde, su locura de haber vivido buscando riquezas, honores, placeres y haber olvidado lo más importante.

¡VIVIR BIEN, PARA SALVARSE!

Para lograr esto, viviré en el SANTO TEMOR DE DIOS, que es el principio de la sabiduría.

Mi salvación depende de Dios y de mí... Si dependiera únicamente de Dios, estaría en buenas manos, podría estar tranquilo... ¡Pero depende también de mí!... Y no puede haber peores manos que las mías... Porque tengo una voluntad débil, un espíritu ciego, un corazón corrompido, que me inclino más fácilmente al mal, que al bien, si me aparto del camino que Dios me ha trazado.


Debo pues, VELAR Y ORAR, para no caer en la tentación... Si me salvo, lo tengo todo... Si no, todo lo he perdido... Para salvarme debo domar mis apetitos desordenados... Debo combatir las pasiones violentas... Tengo que mortificar mis sentidos... Necesito arrancar muchas costumbres viciosas... Evitaré todas las ocasiones peligrosas y romperé muchos lazos y afectos, que es necesario valerosamente rechazar.

¡Qué fuerza necesito para sobreponerme a tantos obstáculos!... ¡Dios me la dará, si se la pido humildemente!

Mi carne es un enemigo doméstico muy astuto, tanto más peligroso, cuanto más le regalo... El mundo me embelesa con sus pompas, me enloquece con sus máximas, me arrebata con sus aplausos, me llama con sus promesas y me pervierte con sus malos ejemplos.

El demonio es mi enemigo más poderoso... Es astuto, embustero, vigilante y cruel, que está al pendiente de mi perdición.

Estos tres enemigos, EL MUNDO, EL DEMONIO Y LA CARNE, me acechan de continuo, me arman celadas a cada paso y si no fuera por el cuidado que tiene mi Señor, caería fácilmente en tierra.

Por todo esto, me dice la Escritura, que el cielo se gana con violencia y necesito esforzarme para entrar en él... Es menester estar siempre peleando y en vela... Que la gloria eterna es una corona, que no se logra sino después de largos y terribles combates.

Para ganar la victoria se me pide que reprima fuertemente mis pasiones y muchas veces, lejos de hacerlo así, sigo el impulso de ellas... Se me piden grandes esfuerzos y soy flojo e indolente... Se me pide vigilancia y me duermo.


En estas condiciones... ¿Como me voy a salvar?... Con temor y temblor debo trabajar por mí salvación y debo mirar como cosas secundarias todos los negocios de la tierra.

Sé que la salvación es difícil, mas no imposible... Lo que para mí es muy dificultoso, para Dios es fácil.

Grande es mi malicia y mi negligencia, pero infinita es la misericordia divina.

Dios me manda que trabaje para lograr mi salvación y me ofrece los medios para conseguirla... Me ordena que espere en la bienaventuranza.. .Si desconfío de su palabra, me condeno.

Él se contenta con la ofrenda humilde de los corazones sencillos que ponen en Él toda su confianza.

Cierto es que el camino que conduce a la vida eterna es estrecho y empinado... Y el camino del mal tiene espinas muy punzantes y aparenta ser ancho y llano... ¿A cuántos no pusieron en vías de reconciliarse con Dios los sinsabores de la ambición, el hastío de los placeres, el desengaño del amor terreno y las enfermedades, que suelen ser efectos de los deleites?

El impío envidia la dulce tranquilidad del justo... Pero la gracia de Dios es tan poderosa, que vence las voluntades más rebeldes... La gracia que corre a raudales por los sacramentos, principalmente de la confesión y la comunión, nos aplica los méritos infinitos de Cristo y nos hace triunfar de las resistencias de la carne, de los halagos del mundo y de las embestidas del demonio... Nos allana todoslos obstáculos.

Debo ponerme en el camino que ha de salvarme, observando la Santa Ley de Dios, huyendo de las ocasiones que me hacen pecar y acercándome a los sacramentos... Todos estos son medios que Dios pone a mi alcance para hacer cierta mi predestinación y debo estar seguro que me salvaré, pues es de fe que Dios tiene voluntad verdadera, seria y sincera de salvarme y que vino a buscar no a los justos, sino a los pecadores como yo y que no niega su gracia al que hace lo que puede.

 

 
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